México ha decidido priorizar su autosuficiencia energética, una medida que ha desatado una crisis energética en Estados Unidos, particularmente en estados como Texas y Florida. La administración de Claudia Sheinbaum ha firmado decretos que garantizan que prácticamente toda la producción petrolera nacional se destine al consumo interno, interrumpiendo el flujo de crudo hacia las refinerías estadounidenses que han dependido de este suministro durante décadas.
Esta decisión ha tenido repercusiones inmediatas, ya que el precio del petróleo ha aumentado de manera sostenida, y muchas gasolineras en Florida han cerrado debido a la falta de producto, provocando pánico entre los consumidores. Analistas advierten que la economía estadounidense, especialmente en los estados fronterizos, está profundamente interconectada con el petróleo mexicano, y esta interrupción ha expuesto vulnerabilidades en su infraestructura energética.
Pemex, la empresa estatal mexicana, ha comunicado su salida del mercado estadounidense, argumentando que Estados Unidos ha dejado de ser un socio comercial confiable. Este cambio de estrategia se produce en un contexto de tensión diplomática, ya que la administración mexicana ha vinculado el suministro de petróleo con el trato a migrantes mexicanos en Estados Unidos, lo que añade una dimensión política a la crisis.
Las refinerías en Texas, que tradicionalmente dependían de alrededor de un millón de barriles diarios de crudo mexicano, podrían verse obligadas a operar a la mitad de su capacidad, lo que podría tener efectos devastadores en la cadena de suministro energético y en los costos para consumidores y empresas. Esta situación también ha generado preocupación sobre el impacto inflacionario que podría tener en los precios de productos esenciales.
La administración de Sheinbaum ha identificado mercados alternativos en Asia y Europa para reorientar sus exportaciones, lo que podría reducir la dependencia de Estados Unidos como comprador. Sin embargo, el desafío es significativo, ya que la infraestructura mexicana ha estado históricamente diseñada para el mercado estadounidense.
La crisis energética no solo afecta a la economía, sino que también plantea interrogantes sobre la relación bilateral entre México y Estados Unidos, revelando la fragilidad de las interdependencias económicas en un contexto de creciente tensión política.